Podemos sostener que la forma intrincada y compleja de la constitución del universo donde florece la vida entraña contribuciones y retribuciones, conjunciones y convergencias de sus diferentes componentes más que las disyunciones o separaciones entre ellos. Debe creerse que en la trama de la vida figura como principio básico el encuentro y acoplamiento de las partes para conformar el todo, un todo que a la vez va a regular o influir en el comportamiento de las partes. Es el ir y venir del yin al yang, fuerzas estas que son opuestas y complementarias, que existen, dependen, se nutren y equilibran mutuamente.
En la gran danza de la vida las especies tratan de asociarse, de cooperar entre si para la subsistencia y su reproducción genética, no es que no haya competencia que de hecho la hay. Sino que ella misma esta enmarcada en parámetros mayores de cooperación o colaboración.
La salud es una garantía necesaria para la supervivencia. El organismo saludable tiene mayores posibilidades de alcanzar sus metas vitales que aquél que es enfermizo, este estará debilitado y aislado:
No resulta sorprendente que una estrategia de supervivencia, como es la asociación con otros miembros de la propia especie, pueda ir unida a la calidad de la salud, pues casi por definición la salud es en si misma una estrategia de supervivencia (…) estar enfermo constituye una menguada estrategia de supervivencia, y lo mismo sucede con el aislamiento (Dossey: 1999: 115).
Aquí asociación y cooperación son términos equivalentes. En la especie humana, fundamentalmente, unos necesitamos de los otros para mantener nuestra salud y nuestra vida. El naturalista Zurita nos dice que “no es posible concebir la existencia del uno sin el otro, ambos se oponen, se transforman y se complementan mutuamente”.
De igual manera, la enfermedad de uno, aún siendo una perturbación normal en la vida de las personas para la búsqueda de una nueva adaptación del organismo, no deja de ser un hecho compartido con quienes nos rodean, influimos con nuestro estado de animo, la enfermedad cuando no es bien entendida y asimilada crea en quien la padece aislamiento, soledad y miedo que no solo lo afecta a él sino también a su entorno.
En muchos enfermos aparece el miedo a la muerte que es precisamente el producto de su aislamiento. Cuando entendemos que no somos únicos en el universo, que somos una totalidad, que somos una red imbricada de conexiones y transformaciones, entonces la muerte no existe, porque cuando llega como un elemento más de la vida lo que hacemos es transformarnos y pertenecer a una nueva entidad de la naturaleza: “si hay unidad en el universo, la muerte es imposible. Esa riqueza de conexiones convierte en imposible la extinción personal, porque la extinción personal solo es posible en un universo en el que sea posible el aislamiento personal. Y nosotros no vivimos en semejante universo” (Dossey; 1999: 211).
(*) Cronista Municipal J. J. Mora
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